5 jun. 2011

Relatos e historias de vida


Historia que narra las vivencias de un hermano que nos escribió como llego al Islam en Argentina


Cómo abracé el Islam
Niñez y adolescencia como cristiano
Mis padres comenzaron a asistir a una iglesia evangélica cuando yo tenía cinco años. Fui educado bajo las normas cristianas y adoctrinado según sus creencias, las cuales comenzaron a ser parte de mi vida cotidiana.
A medida que mis padres empezaron a crecer dentro de la religión, nuevas responsabilidades llegaron a ellos, hasta el punto de alcanzar el puesto de pastor en una pequeña iglesia de Lomas de Zamora. Mis hermanos y yo acompañábamos a mis padres en todos sus proyectos dado que éramos pequeños aún. En ese entonces empezó a nacer en mí un fuerte interés por la música, el cual era incentivado por mis padres, ya que la música es considerada una forma de adoración en el cristianismo.
Con el transcurso del tiempo, logré adquirir un muy buen oído musical y una habilidad con los instrumentos que me permitió comenzar a tocar y más tarde dirigir el grupo musical de la iglesia de mis padres, al mismo tiempo que también era invitado a tocar en otros lugares. Estas actividades me mantenían ocupado realizando lo que más me gustaba en ese entonces, a la vez que seguía inmerso dentro del movimiento evangélico.
Mi separación del cristianismo
Al llegar a cierta edad de mi vida, comencé a cuestionar las creencias del cristianismo. No me bastaba con continuar mi vida en la religión sólo por el placer de tocar un instrumento o dirigir un grupo de músicos. Quería realmente continuar en la religión por convicciones personales, y para esto debía responder muchas peguntas dentro de mí.
Uno de mis mayores interrogantes era la creencia en Jesús (la paz con él) como el hijo de Dios: ¿Cómo podía ser que Dios, en Su omnipotencia, necesitara tener un hijo y que muera para poder perdonar nuestros pecados? ¿Era acaso Dios incapaz de perdonar los pecados por Sí mismo?
Para poder quitar mis dudas y seguir en la religión creyendo realmente en ella, debía preguntar a la gente de conocimiento: los pastores. Ellos amablemente intentaron responder a mis preguntas, pero ninguna de ellas fue realmente respondida, y al final de las conversaciones siempre se citaba un versículo de la biblia que decía: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.” O sea que Dios nos dio el intelecto, pero no podemos utilizarlo para la religión porque las cosas “del espíritu” deben ser discernidas espiritualmente.
Este tipo de razonamiento frustraba todas mis preguntas, ya que para aquellas que requieran una respuesta compleja, se debía aplicar la norma anteriormente mencionada. De esta forma, mi búsqueda de respuestas en el camino del cristianismo estaba prácticamente terminada.

Mi primer hijo
Pasaron algunos años de no asistir a ninguna iglesia, cuando mi esposa y yo comenzamos a transitar el embarazo de mi primer hijo. A medida que la fecha de parto se iba acercando, más empezaba a preocuparme sobre el bienestar de mi hijo en esta vida; no sólo qué podía darle económicamente, sino qué crianza, ejemplo de vida, y parámetros morales podría brindarle para que pudiera llevar una vida llena de valores y buenas costumbres.
Junto a mi esposa, decidí volver a congregar en una iglesia evangélica, pero la gran pregunta surgió: ¿Podría hacerle creer a mi hijo algo que ni yo puedo creer? ¿Le mentiría con tal de brindarle un buen ambiente? ¿No sería mucho más honesto comenzar toda la familia de cero y experimentar una religión que sea creíble, fácil de entender y de practicar? ¡Porque algo así tenía que existir, estaba seguro!
Mi búsqueda de esa “nueva religión” comenzó por internet. Empecé leyendo sobre las “tres grandes religiones monoteístas”: Judaísmo, Cristianismo e Islam. Claro que sobre la segunda de las tres mencionadas ya tenía un buen trasfondo, por lo que empecé a poner más énfasis en las otras dos. Leía páginas webs con contenidos escritos por rabinos, buscaba a la vez información sobre el Islam y el Corán, y así comenzó mi búsqueda formal.
Recuerdo que una vez hablaba con un compañero de trabajo que era judío, y me contaba que en su viaje a Palestina vio a los Musulmanes arrodillarse donde sea, dirigiéndose a la Meca para realizar sus rezos. En ese momento era algo que me parecía extraño, y hasta gracioso. Recuerdo también que esta persona me comentó que los Musulmanes ayunaban un mes entero llamado Ramadán. Yo no sabía de qué se trataba, ni cómo hacían para soportar un mes entero sin comer, pero me había llamado profundamente la atención la devoción de estas personas y pensé: si hay gente en el mundo que hace este tipo de cosas por sus creencias, tienen que ser muy convincentes.
Esto me incentivó mucho más a introducirme en el conocimiento del Islam. Siempre desde el punto de vista de una persona que nunca había pisado una Mezquita, pero al menos me servía para adquirir lo básico: a quién adoraban, qué libro leían, cuáles eran sus ideas, etc.
Un día llegué a un sitio web muy bueno llamado www.whyislam.org, donde era posible pedir material impreso en español e inglés. Solicité folletos sobre el Islam y una traducción del Corán al español. Al empezar a leer ese material sentía estar de acuerdo en todo lo que leía y mis ganas por conocer a los Musulmanes se incrementaban.
Primer visita a una Mezquita
Después de mucho pensarlo, me decidí a conocer una Mezquita. Le dije a mi esposa “el domingo vamos al zoológico con el nene, y después pasamos por la Mezquita de Palermo a conocer. ¿Te parece bien?”. “Sí”, respondió, y así hicimos: Cambiamos al nene, preparamos la mochila con comida, pañales y bebida para la excursión que íbamos a realizar, y partimos de casa.
Pasamos un día hermoso en el zoológico con mi hijo de tres meses, y luego fuimos para la Mezquita que quedaba a diez cuadras. Al llegar nos presentamos en Informes y dijimos que veníamos para las charlas abiertas a la comunidad. Un hermano muy atento vino a recibirnos y muy cálidamente nos dio la bienvenida. Nos mostró un poco las instalaciones, y nos hizo pasar a la biblioteca, donde el Imam de la Mezquita daba la charla.
Al entrar encontré algunas personas con túnica y barbas muy largas. Sinceramente empecé a sentir miedo por mi esposa y mi hijo, y pensé “¿Qué estoy haciendo yo acá? En cualquier momento nos asesinan.” Mi mente mal adoctrinada me llevó a prejuzgar sólo por la apariencia de estos individuos, la cual no era desagradable, pero era muy similar a la de aquellas personas que nuestros medios informativos muestran como los enemigos de occidente.
Ese día habían llegado peregrinos de la ciudad de Medina, y estuvieron compartiendo algunas palabras. También se hicieron juegos y se entregaron regalos a los ganadores. Fuimos incluidos en sus actividades, pero debido a nuestro escaso conocimiento perdíamos en todas las preguntas, hasta que un hermano nos dice: “Bueno, ¿Cuántos meses tiene el bebé?”. “Tres”, respondimos. “Masha ‘Allah. Se ganaron un premio”, dijo el hermano y nos dieron un generoso regalo.
Luego de la charla y los juegos, nos invitaron a cenar, y ese fue mi momento para quitarme muchísimas dudas que tenía, ya que compartí la mesa con Musulmanes. Sentía que todas mis dudas eran respondidas, y a medida que la cena iba terminando pensaba sobre lo bien que me sentía y las ganas que tenía de quedarme.
Al terminar el encuentro, el Imam de la Mezquita se me acercó y me habló. Me pidió perdón por no haberme brindado la atención que merecía, me dijo que se sentía honrado por mi presencia, y que esperaba que haya sido de agrado para mí el haber podido participar de sus actividades. Yo no lo podía creer. Las mismas personas que creí que me podían llegar a hacer daño, eran mucho más amables y tenían mejores modales que yo.
Mi primera impresión había sido más que buena, pero eso tampoco era suficiente para mí para aceptar el Islam. Lo bueno era que me habían regalado material Islámico para leer, y esa era una muy buena fuente de información para mí.
Primeros pasos como Musulmán
Luego de mi primera experiencia en una Mezquita, volví a mi casa esperanzado. Me dije “creo que esto era lo que buscaba”. Continué leyendo y yendo a la Mezquita todos los viernes para quitar todas mis dudas.
Un día había bajado un material de internet que hablaba sobre el testimonio de fe en el Islam. Este libro explicaba que para que una persona sea considerada Musulmán bastaba con dos declaraciones: Primero, creer que nada ni nadie merece ser adorado excepto Dios. Segundo, que Muhammad es el siervo y mensajero de Dios. Esta aclaración rondaba mi cabeza, y me hacía pensar mucho. Yo podía ser considerado Musulmán sólo creyendo eso, y de hecho las creía, porque al leer el Corán entendía que no había forma que esas palabras hayan sido del Profeta Muhammad (con él la paz y las bendiciones de Dios), eran las palabras de Dios.
Para esa época conocí a un hermano de la Mezquita con quien empecé a hablar. Él me hizo entender que no era necesario que conozca la totalidad del Islam para ser Musulmán, que con aceptar que no hay dios excepto Dios y que Muhammad es el mensajero de Dios era suficiente en un comienzo. Me habló muy amablemente y me invitó a rezar con él. Al terminar el rezo me dice “¿Por qué no vas con el Imam y le decís ‘La ilaha illa Allah, MuhammadunRasulullah’, así ya sos Musulmán?”, pero no me animé.
En la semana seguí pensando sobre el tema y le dije a mi esposa “El viernes voy a la Mezquita y doy el testimonio de fe”. Al viernes siguiente fuimos a la Mezquita y luego de la charla, el Imam dice “¿Hay alguien aquí que quiera aceptar el Islam?”, mi esposa y yo nos miramos y ninguno se animó. Una mujer que había venido por primera vez a la Mezquita de Palermo dijo “Yo quiero”, y dio su testimonio de fe. Fue algo que me impactó mucho: Yo había estado yendo a la mezquita durante más de un mes y no me animaba a dar el testimonio de fe, y esta señora en su primer día lo dio. En ese momento levanté la mano y dije “Yo también”. Entonces el Imam me dice “Repetí después de mí: Atestiguo que nadie merece ser adorado excepto Dios, y que Muhammad es el profeta y mensajero de Dios.”. Repetí lo que el Imam me había dicho, y luego me dice “Ahora en árabe: Ashhadu, anlaailaha illa Allah, waashhaduannaMuhammadanabduhuwaRasulullah”. Luego de repetir eso, los hermanos que me hablaron durante el tiempo que estuve yendo a la mezquita dijeron en voz alta “¡AllahuAkbar!” que significa “¡Dios es el Más Grande!” y vinieron todos a abrazarme y felicitarme. Al terminar, el Imam nos invita a compartir una cena, entonces mi esposa dice “No, falto yo”, y ella también da su testimonio. ¡AllahuAkbar! Toda la familia era Musulmana.
Conocer el Islam fue el suceso más importante de toda mi vida. Ahora puedo compartir las buenas cosas de la vida junto a mi esposa y mis hijos. Mi meta ya no es algo pasajero, sino la recompensa eterna y la forma de alcanzarla es mediante la sumisión al Dios Todopoderoso, por medio de lo que Él nos informó en el Corán y los dichos de Profeta Muhammad (con él la paz y las bendiciones de Dios).
En ese entonces pensé que yo había encontrado el camino que estaba buscando, y el parámetro moral para mi familia, pero no fui yo. El Profeta de Allah (con él la paz y bendiciones de Dios) transmitió: “Si Allah quiere hacer el bien a alguien, le hace comprender la religión (Islam)” (Bujari)
Allah (Dios) quiso el bien para mí y para mi familia.

Testimonio de un hermano argentino que abrazo el Islam en la Mezquita.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

assalamo 3alaikum hermano musulman,como argentino que soy me siento muy orgulluso de el que el islam funda una nacion como la nuestra y que tu caso es muy bonito.ademas me alegra que haya gente como tu que busque la verdad y que la encuentre saludos desde madrid

Islam dijo...

Alhamdulilah..
Que _Dios te bendiga